29 veces visto

Cooperativas cafeteras: 60 años garantizando precio, cercanía y confianza en el campo colombiano

En las montañas cafeteras de Colombia, donde el grano define no solo la economía sino la identidad de miles de familias, las cooperativas de caficultores siguen siendo un pilar silencioso pero determinante. Así lo expresa César Julio Díaz Lasso, gerente de las cooperativas de Alto Occidente, Aguadas, Norte de Caldas y Anserma, quien resalta el impacto histórico y actual de este modelo solidario que, desde hace más de seis décadas, ha transformado la comercialización del café en el país.

El origen de estas organizaciones se remonta a una apuesta de la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia por fortalecer el movimiento cooperativo en las regiones productoras. La estrategia fue clara: acercar al caficultor a puntos de compra confiables y eficientes. Así, se consolidó una red que llegó a contar con más de 500 puntos distribuidos en toda la geografía cafetera.

“Lo que se buscó fue que el productor tuviera un lugar cercano donde vender su café, con transparencia, buen precio y, sobre todo, con la garantía de compra”, explica Díaz Lasso. Este principio sigue siendo hoy el eje central de las cooperativas, que mantienen una presencia constante durante prácticamente todo el año, incluso en épocas de baja producción.

En un país como Colombia, donde las condiciones climáticas permiten cosechas en diferentes momentos, las cooperativas se han convertido en un aliado permanente. “Estamos abiertos cerca de 360 días al año, garantizando la comercialización del café sin importar la temporada”, afirma el directivo.

Pero si hay un elemento que marca la diferencia en este modelo es el pago inmediato. En un mercado donde la incertidumbre puede afectar al pequeño productor, las cooperativas ofrecen liquidez inmediata. “Hoy ningún caficultor puede salir a vender su café con la certeza de que le pagarán de contado. Nosotros sí lo garantizamos”, enfatiza Díaz Lasso.

Este compromiso se sustenta en la llamada garantía de compra, considerada uno de los activos más valiosos del Fondo Nacional del Café. A través de un trabajo articulado con los comités de cafeteros, las cooperativas ejecutan esta política en los territorios, asegurando no solo la compra del grano, sino también condiciones favorables para el productor.

Además del precio base, el valor del café puede incrementarse gracias a factores como la calidad, el rendimiento y las certificaciones, que abren la puerta a bonificaciones adicionales. “Todo suma: la calidad del café, las certificaciones y la gestión comercial permiten trasladar un mejor ingreso al caficultor”, señala.

El impacto de las cooperativas no se limita a la compra del grano. También ofrecen servicios complementarios que fortalecen la productividad: venta de fertilizantes, acceso a crédito, seguros y acompañamiento técnico. Todo esto, en articulación con la Federación y los comités departamentales, que promueven prácticas sostenibles y el uso de variedades resistentes a enfermedades como la roya.

Más allá de las cifras y los servicios, Díaz Lasso resume el espíritu del modelo en una frase que refleja su esencia: “Somos amigos, somos de la misma familia”. Una familia cafetera que, a través de las cooperativas, sigue encontrando en la asociatividad una herramienta clave para sostener el campo, mejorar la calidad del café y garantizar un futuro más estable para quienes lo cultivan.