
En Anserma, entre cafetales, naturaleza y una tradición que se ha transmitido durante generaciones, Mauricio Arias encontró una razón para regresar a la tierra que lo vio crecer. Es la cuarta generación de una familia cafetera y, aunque por un tiempo tomó otros caminos para estudiar, decidió volver a la finca para continuar el legado de sus padres y darle un nuevo rumbo.
“Mi papá me inculcó este amor por el café y por la agricultura”, cuenta Mauricio, quien reconoce en su padre, Diego Arias Garrido, al principal impulsor de su vocación. De él heredó no solo el conocimiento sobre el cultivo, sino también una convicción: la caficultura debe convivir en equilibrio con la naturaleza.
Hace cerca de una década, Mauricio regresó a Anserma con una inquietud que compartían muchos jóvenes de las zonas cafeteras: la migración de las nuevas generaciones estaba dejando al campo sin relevo. Entonces decidió que su regreso podía convertirse en una oportunidad para construir el empalme generacional con su padre y llevar la tradición familiar un paso más allá.
La historia dejó de ser únicamente la de producir café. Padre e hijo comenzaron a explorar nuevos caminos: transformar, comercializar y construir una identidad propia alrededor de su producto. Así nació Arimaca Cultura Orgánica, una marca cuyo nombre une los apellidos Arias y Marín y que representa la evolución de una tradición familiar.
Antes estuvo El Rubí, la marca que inició su padre. Después llegó Arimaca, como una nueva etapa en la que Mauricio ha aportado ideas, aprendizaje y una mirada joven a un negocio que conserva la esencia de la familia.
Durante los últimos años, el proceso ha estado marcado por la experimentación constante: nuevos empaques, diseños, etiquetas y, sobre todo, un interés permanente por mejorar la calidad del café. Una muestra de cómo la integración generacional no significa reemplazar una generación por otra, sino sumar conocimientos, experiencias e ideas para construir juntos el futuro de la caficultura.
El conocimiento también se hereda y se transforma
El compromiso de Mauricio con el café lo llevó recientemente hasta el Centro Nacional de Investigaciones de Café, Cenicafé, donde participó, junto a otros jóvenes del Paisaje Cultural Cafetero, en una jornada de formación sobre calidad y variedades de café.
Allí conoció de cerca el trabajo científico que permite desarrollar variedades mejoradas, resistentes a enfermedades y adaptadas a los desafíos que enfrenta la caficultura.
Para Mauricio, acercarse a ese conocimiento significa prepararse para el futuro y entender que el café también evoluciona. La tradición que recibió de su familia encuentra así un complemento en la investigación, la innovación y la formación de las nuevas generaciones.
Su experiencia refleja precisamente el espíritu del Paisaje Cultural Cafetero: un territorio construido alrededor del café, pero también alrededor de las familias que durante décadas han cultivado la tierra y transmitido sus conocimientos de padres a hijos.
Hoy, Mauricio no solo cultiva café. Cultiva una historia familiar que busca permanecer.
Su mensaje para otros jóvenes es sencillo, pero profundo: regresar al campo, valorar la naturaleza y hacer las cosas bien, también puede ser una forma de construir futuro.
“Si vamos a seguir en esta tierra, creo que hay que aportar un granito de arena cada uno”, afirma.
En medio del verde de las montañas de Anserma, una nueva generación empieza a escribir su propio capítulo. Mauricio lo hace de la mano de su padre, llevando consigo cuatro generaciones de conocimiento y una certeza: la caficultura permanece cuando la tradición encuentra nuevas manos, nuevas ideas y nuevos sueños.